sábado, 29 de septiembre de 2018

Yo te acuso, soledad

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Yo te acuso, soledad.
27 – 09 - 2018

¡Oh Dios!
cuando el alma navega por la emociones
que esculpen los acantilados de los sentimientos,
cuando el huracán de la soledad impulsa la nave de las fantasías,
cuando las voces silenciosas entonan el canto de las sirenas,
los ecos rompen el silencio en la blanca pureza de una cuartilla.

Derrama la soledad espacios infinitos,
fronteras desconocidas que desafían los tiempos,
y jardines celestiales en mudos mundos de ensueño.

¡Oh Dios!
cuando me invade la soledad odio y amo al mismo tiempo,
rió y lloro, y hablo conmigo mismo y le pregunto a los muertos
si ellos son algo más que hieratismo y quietud en ese frío desierto.

¡Oh la soledad!, amante de los silencios,
creadora de los mundos que nos consumen por dentro,
eres culpable, sí; eres culpable de mis desdichas y miedos.

Yo te acuso, soledad, de mis horas de silencio,
de mis palabras perdidas dialogando con los muertos,
de secuestrar sentimientos sin permiso de los vivos,
de derramar mis lamentos en yermas simas vacías.

Yo te acuso, oh querida y odiada soledad,
de haber plantado en mi puerta un jardín de crisantemos.

Francisco Murcia.


jueves, 27 de septiembre de 2018

A la orilla del tiempo


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A la orilla del tiempo
27 – 09 - 2018

Estoy a la orilla de algo,
no sé si ese algo es un principio
o es un algo que anuncia una despedida.
No lo sé,
estoy confuso.

Miro hacia atrás y veo
un mundo que se va hundiendo poco a poco
en las simas del olvido,
y si miro hacia delante,
ya no veo un horizonte,
cielo y tierra se confunden
y se abrazan,
y me llaman.
Escucho en la brisa sus ecos,
y busco en las ondas la promesa de unos besos
dibujados en el aire,
trato de descifrar los besos de bienvenida
de aquellos otros
que en la vida anuncian la partida inevitable.

Desde la orilla del tiempo,
contemplo el mundo
y me parece estridente su alocada algarabía,
y me parece terrible su dolor y su desdicha.

Aquí,
sentado a la orilla del tiempo,
veo la eterna corriente vigorosa del pasado,
cuando eran años los días,
cuando los días
demoraban sus ocasos entre penumbras de ensueño.

¡Oh, qué cruel es el tiempo!
Ahora que estoy parado,
repasando los despojos a su orilla,
veo pasar esos años
como si fueran los días que nos niegan los ocasos.

Yo ya no cuento las horas,
mi reloj se ha vuelto loco
y ha perdido los minutos.
No, yo ya no cuento mi tiempo,
mi tiempo no está conmigo,
solo estoy en sus orillas esperando,
pero no sé bien el qué.

Los aromas de esperanza
me dicen que hay un principio,
los recuerdos del pasado
me susurran el final.

Y mientras tanto las ondas,
de tarde en tarde
me traen los reflejos de los sueños
que son inmunes al tiempo.


Francisco Murcia.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Sangre


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Sangre
25 – 09 - 2018

Cuatro mujeres han sido asesinadas por sus parejas. Dos criaturas han perecido bajo una ola de odio irracional. ¿Qué está pasando?

Sangra el ocaso
en nubes de rojo intenso cuando el sol no quiere irse.
Sangra el silencio
arañado por los ecos que se nos quedan adentro.
Sangra la soledad
entre murmullos desiertos.
Sangre, sangre,
ríos de sangre anegando sentimientos,
ahogando las inocencias
que acompañan a los muertos.

Porque el muerto es inocente,
porque ya no tiene vida,
porque ya no tiene sangre,
porque ha llegado el ocaso
rojo de sangre en sus días.

Ya se ha ocultado el sol
y se ha llevado al ocaso vestido de rojo sangre.
La noche negra de luto extiende su negro manto,
y transitan las infamias en simuladas penumbras
entre aromas de jazmines y limpias sábanas blancas.

El sol nos trae la aurora teñida de mil colores,
restos de rojo sangre iluminando las flores,
y en limpias sábanas blancas,
nubes de rojo sangre.

Sangró el silencio en la noche,
y se perdieron los ecos en las oscuras alcobas,
y se apagaron los días
heridos por lo lamentos que no fueron escuchados,  
Y se apagaron las horas,
se quedaron sin minutos porque no llegó la aurora.
Nadie escuchó los ecos de los gritos del silencio.
Rojo sangre en las paredes,
rocío de rojo sangre
sobre el cuerpo de los muertos.


Francisco Murcia 

domingo, 23 de septiembre de 2018

FELIZ CUMPLEAÑOS


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¡FELIZ CUMPLEAÑOS!
21 – 09 - 2018

Dicen que al hacernos viejos nos vamos desprendiendo de las cosas, no en el sentido de desecharlas por inútiles o que se haya perdido el interés que un día se tuvo por ellas, no; se refiere a que vamos desatando los lazos emocionales que nos ligan a ellas; las ambiciones van decayendo y comenzamos a flotar más que a nadar en el río de la vida, a dejarnos llevar por la corriente, lo cual puede significar dos cosas: que damos por cumplidas nuestras aspiraciones o bien nos resignamos a sobrevivir bajo el peso de una amarga derrota. Sea como fuere, todo aquello que nos ligó a la vida, que ocupó el centro de nuestros anhelos, se va desdibujando lentamente, como las nubes que después de la tormenta, van cambiando de forma a medida que pierden consistencia hasta desaparecer, quedando un cielo raso enteramente azul, enteramente igual, tan solo queda un horizonte sin estridencias, sin accidentes, en el que hasta los ocasos dejan de vestirse de gala para no romper la mortal monotonía. Ese es el cielo de nuestra mente a medida que las emociones dejan de teñir todo aquello que formó parte de nuestra vida. Tal vez solo nos quede algún resto extraviado en los rincones más oscuros donde prendieron las semillas de nuestros primeros sentimientos: el recuerdo de los padres, el nacimiento del hijo y mucho más atrás, en la primera percepción del yo, tal vez una peonza, un cuento en la voz del abuelo o un caballito de cartón raído.

Hace tiempo que las fechas han dejado de tener importancia: el día de la boda, el nacimiento del hijo, el primer “tequiero” escuchado entre las frondas del río o insinuado entre las notas de una canción, el fuego al primer roce en la yema de los dedos, los mensajes escondidos en miradas atrevidas, aquellas primeras palabras, aquellos primeros gestos. Mucho después, los cumpleaños, las fiestas señaladas, el traje de los domingos y el aroma de la mesa que nos sabe a pepitoria. Todo, todo va quedando en la cuneta a lo largo del camino, disolviéndose en las brumas de los años. El cielo es un completo azul, un azul uniforme, inmenso, y no tenemos brújula. ¿Qué importa? Si ya no vamos a ninguna parte.

Es entonces cuando los gestos,  las miradas, un amago de caricia, un “buenosdías” suave se convierten en bocados exquisitos en el paladar de las emociones; es entonces cuando uno se sorprende al enterarse de su cumpleaños por facebook o por el mensaje de una casa comercial cualquiera. De repente se siente un  dolor sordo, apagado, ese malestar que produce la resignación, la evidencia de que el dibujo de tus huellas va quedando sepultado por el polvo de los años o tal vez es la voracidad de Cronos, que devora los instantes cuando aún no son más que el proyecto de un suspiro. No lo sé, solo sé que mi mundo era otro mundo, donde había más miradas, más momentos compartidos, más corros en las esquinas y más juegos en las plazas.

En fin, no me gusta cumplir años, tal vez sea porque ya voy para viejo y el tiempo me va pesando o simplemente, ya voy rompiendo los lazos que me unen a los días. Sea como fuere, mi cielo aún no está raso, tiene sus nubes y formas y aún soplan frescas brisas que cuando menos lo espere, me traerán la alegría de ese ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!


Francisco Murcia. 

sábado, 22 de septiembre de 2018

Mi alma viene conmigo


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Mi alma viene conmigo
12 – 09 - 2018

El tren se aleja rápido,
fugaz como un relámpago en la noche.
Ya no son los trenes como antes,
con ese traqueteo mensajero de abandonos,
con esa chimenea vomitando la furia de las calderas,
y esa nube de humo que juega con el viento,
envolviendo en sus volutas esqueletos de fantasmas
de miradas olvidadas,
de palabras nunca dichas,
de sentimientos perdidos en la furia de los días.

No, ya no son los trenes aquellos trenes de antes,
que desgranaban paisajes al paso lento del tiempo,
y de tarde en tarde,
escribían en las vías susurros de enamorados
que enmudecían los metálicos acentos
del constante traqueteo.

Hoy, fugaz, el tren se aleja,
no hay ruidos mensajeros de abandonos,
se aleja veloz
dejando atrás los paisajes que se disuelven en la distancia.

Añoro aquel traqueteo,
el paso lento del tiempo,
la dureza del asiento,
el sudor en los veranos y el tiriteo en invierno.

Me desprendo del paisaje
como la culebra se desprende de piel muerta,
pero no tengo otra piel,
y la única,
aquella que me dio esta tierra,
en estas tierras se queda,
prendida entre los recuerdos donde yacer como muerta.

El tren se aleja raudo, veloz,
dejando atrás el paisaje,
hiende su morro afilado los abismos del olvido.
La piel muerta queda atrás,
mi alma viene conmigo.


Francisco Murcia

miércoles, 19 de septiembre de 2018

El amor no es de usar y tirar



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El amor no es de usar y tirar.
20 – 04 - 2017

¡El amor! Es verdad que lo ignoro todo sobre él. Claro que sí, la he tenido en mis brazos, he paseado su cuerpo centímetro a centímetro, cada curva, cada rincón; he respirado cada aliento y he bebido cada palabra que salía de su boca. Claro que sí, la he contemplado largamente, como se contempla a una diosa que esconde su poder en la plácido abandono del sueño confiado, sabiendo que su poder sobre mi es tal, que mi voluntad se me antoja algo ajeno, innecesario, inútil, un obstáculo que me apartaría de ella. Y por eso reniego de mi voluntad y dejo mi destino al albur del devenir de sus deseos. Y la contemplo desde las orillas de la corriente del tiempo que trascurre fuera de mi, dejándome en ese recodo donde la ilusión de la eternidad cobra sentido y me ofrece un ilusorio billete para viajar con ella hasta el infinito. Claro que sí, he deseado compartir cada una de las células de su cuerpo, sumergirme en su esencia renegando de la mía si ello fuera necesario, si ella me lo pidiera. Claro que sí, la he amado, y sin embargo, todavía no sé lo que es el amor. Sé lo que es el deseo, pero no sé lo que es el amor.

Oteo a mi alrededor por si atisbo algo que se le parezca, pero no lo veo, ni siquiera puedo concebir que exista en realidad. Deseos, necesidades, fantasías pasajeras, instintos desatados, sueños no cumplidos, temores del presente, terror ante el futuro. Y todo ello se mezcla en un “sí, quiero”, se pronuncie o no se pronuncie, es igual; se alza el telón, la función da comienzo. Palabras de azúcar, sonrisas de miel, caricias de terciopelo, miradas enamoradas; todo sirve para degustar el momento con la seguridad de que no es eterno, de que terminará más pronto que tarde. Y me recuerda los juguetes de los niños de antaño: duros, simples, sin complicaciones; pero casi eternos, no se rompían por mucho que los usáramos. Ahora, sin embargo, esos juguetes son complicados, frágiles, coloridos, requieren de un conocimiento para usarlos y se rompen con facilidad. Pero no importa, simplemente se tiran a la basura, cuesta muy poco comprar otro y seguir con la diversión. Tal parece que el amor es algo así, un juguete que antaño era simple, pero fuerte y duradero, y que ahora es complicado, pero frágil; algo así como un juguete de usar y tirar cuando nos cansamos de él o simplemente aparece otro que nos gusta más.

Y la miro ahí, a mi lado, respirando cadenciosamente mientras su mente transita mundos desconocidos para mi, mundos que solo le pertenecen a ella. Y pienso en esos juguetes de usar y tirar, y condeno mentalmente a la hoguera a todos aquellos y aquellas que se atreven a jugar con los sentimientos ajenos, que se atreven a traficar con el dolor ajeno. Pienso que el amor es una burbuja en el espacio y el tiempo que está por encima de los avatares humanos, es, precisamente, lo que nos hace o debería hacernos especiales, distintos; seres destinados a formar parte de la esencia divina.

Pero algo ha pasado, o tal vez ha sido siempre así y no lo hemos querido admitir; nos ha parecido más cómodo salir al escenario con el traje que Dios manda, con las palabras que Dios manda, con las acciones que Dios manda y con nuestros pensamientos y sentimientos escondidos, agazapados en los más intrincados rincones de nuestro ser. Sin embargo, y a pesar del gran teatro del mundo, algo ha pasado, algo que nos viene a decir que el amor eterno no existe, lo único eterno es el escenario donde representamos la obra que nos ha tocado en suerte, distintos personajes para el mismo guión. Pero algo ha cambiado, tal vez el guión ya no es el mismo, tal vez  ese amor, deslucido por tan manoseado, comienza a descubrirse como realmente es: un éxtasis efímero, un relámpago de luz en una noche oscura, una palabra bonita en el momento oportuno, un latido en un corazón exhausto, un sorbo fresco en el mediodía de un desierto, el atisbo, apenas perceptible, de un paraíso tan hermoso como efímero. Y esas son las dos características del amor: la felicidad y su contrapunto, la fugacidad; el niño entusiasmado ante el juguete nuevo que es de un solo uso, tan bonito como frágil. Pero no importa, es desechable, ya sabemos la máxima de los tiempos actuales: usar y tirar. Lástima que siempre haya un juguete especial, ni el más bonito, ni el más colorido, ni el más caro; pero es un juguete especial para el que no hay reemplazo posible, ni consuelo para su pérdida cuando, casi sin darnos cuenta, lo echamos a la basura.
¿No seremos niños jugando con cosas demasiado serias?

Hoy, a fecha 19 de septiembre de 2018, mientras veo unos minutos la TV, surge el tema del amor, sus fases, sus formas y cómo va cambiando a medida que los años van acumulando arrugas y grasa en nuestros cuerpos; primero, enamoramiento dependiente de las hormonas; después, convivencia amable por comodidad; más tarde, tolerancia tensa que muy frecuentemente termina en ruptura o búsqueda de alternativas secretas y recordé lo que había escrito en abril de 2017. Muy pocos llegan a esa fase en la que se manifiesta el verdadero amor, ese que está por encima de los avatares físicos y ambientales, aquel en el que se unen dos almas en una sola. Ilustraron el tema con la imperecedera canción de Machín: “Toda una vida, / estaría contigo…”  Entonces pensé en que, efectivamente, tal vez seamos niños jugando con cosas serias.

Francisco Murcia.

martes, 18 de septiembre de 2018

Llora la mariposa

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Llora la mariposa
13 – 09 - 2018

Llora la mariposa
y en cada lágrima que se pierde entre el rocío,
se esconde un hondo suspiro,
un ¡ay! silencioso
por un recuerdo que se ahoga entre las ondas.

Llora la mariposa
y en cada lágrima
brillan los mudos ecos de un quejido.
Se queda sin flores la mariposa,
bate sus alas en vientos de furia y miedo,
no hay flores en su paisaje
y el rocío
ya no contiene la humedad de los albores.
Su última gota
pende del afilado extremo de una brizna ya reseca.

Busca la mariposa la incierta gota
donde dejar reflejadas las galas de su vestido,
donde llorar sus lágrimas de plata,
forjadas en noches de abandono,
en noches de confidencias con la luna,
en horas de silencios y de frío,
frío en el cuerpo y el alma,
frío en el universo.

Llora la mariposa bebiendo la última gota,
la que pende de la brizna ya reseca
en una aurora gris.

Un rayo de sol se desliza entre las nubes,
hiende esa última gota
y escribe en ella el brillo de la esperanza,
y busca la mariposa esa lágrima perdida,
bate de nuevo sus alas,
busca en la brisa los ecos olvidados
los rumores grabados en las penumbras de otro tiempo,
y vuelve a vestir sus galas,
y viéndose en el espejo de aquella última gota,
seca su última lágrima,
bate sus alas al viento,
y libre,
de nuevo emprende su vuelo.

Francisco Murcia. 

Oh, las palabras

  Oh, las palabras 20 – 10 – 2023   Las palabras bullen dentro de mi como fieras enjauladas, van y vienen, se vuelven y revuelve...