viernes, 11 de octubre de 2019

Por qué te sigo queriendo

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Sonetos para un adiós

Por qué te sigo queriendo.
Soneto libre XXXII
16 – 01 - 2019

Por qué te siento como te siento cuando sé,
pétalo escindido, que no son tus vientos los míos,
que al salir de tu capullo, miraste el cielo infinito
y alegre te remontaste en brisas equivocadas.
Si fue tu paso fugaz, relámpago de tormenta
que se quedó entre las ondas abrazada a un acaso,
por qué me siento tan solo escuchando tu silencio,
por qué esbozo una sonrisa y el dulce gesto de un beso
cuando abrazando la almohada, abro las puertas del sueño.
Por qué te sigo sintiendo si los ecos del adiós
se los llevaron los vientos a otra orilla, a otro puerto,
por qué sigue tu mirada prendida entre mis recuerdos.
por qué evocan las penumbras tu figura,
por qué te sigo queriendo si tú ya dijiste adiós.



Francisco Murcia.

martes, 8 de octubre de 2019

Sentido común

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Sentido común.
8 – 10 - 2019

La verdad es que tengo ganas de escribir y no sé muy bien por qué, porque tengo que decir que no encuentro mi espíritu tan necesitado de expansiones dialécticas ni de sonrisas equidistantes entre el aburrimiento y la desgana como para buscar refugio en la siempre condescendiente página en blanco que, como se sabe, aguanta todo lo que le echen. Y no sé sobre qué escribir porque, dicha sea la verdad, no es mi sabiduría tanta ni a tanto llega mi talento que puedan salir de esas fuentes más allá de cuatro palabras seguidas con un atisbo de sentido común, entendiendo por sentido común aquel que tenemos la mayoría de los mortales y que dejamos bien guardado en algún lugar recóndito de nuestras interioridades, no sea que de usarlo mucho se nos vaya a gastar y luego, cuando nos veamos en situaciones de auténtico peligro para la integridad de nuestro ego, no encontremos esa herramienta lustrosa y bien afilada para hacer frente a semejantes adversidades y perezcamos en las simas del más espantoso ridículo, donde encontraríamos el llanto y crujir de dientes del que alguien ya dijo que sería la pena de todos aquellos que, envalentonados por su inteligencia y derrochando el poco sentido común del que disponían, negaron la existencia de todas las divinidades, del más allá y del más acá, y se asentaron en el discutible hecho de que no había más cosa que las cosas que se podían observar a nuestro alrededor, lo que se podía ver y tocar. Así que, para no caer por el precipicio de la excesiva cordura, que no me conduciría más que a las oscuridades insolubles donde se ahoga toda racionalidad y fallan todos las leyes físicas conocidas y probablemente las que por conocer están, mejor dejar un resquicio por donde lo inexistente, lo no visto, tocado, gustado o sentido, tenga su oportunidad de ser, no del modo a como el sentido común del común de los  mortales estima y juzga la existencia de algo, sino al modo de cómo los soñadores crean sus mundos, etéreos, fantásticos, dinámicos y sobre todo luminosos, y curiosamente, los crea en las más profunda oscuridad de la noche, cuando el silencio se apodera del ámbito de la racionalidad y abre las ventanas de los antros donde se esconde ese yo, siempre oculto, siempre cohibido, siempre temeroso, que es la antítesis de ese sentido que está obligado a observar y que, para que no se diga de él, usa a su pesar en cuanto nota unos ojos que le observan, escucha unas voces cercanas o debe expresar su parecer acerca de si la vida es lo que es o puede ser otra cosa.

Y eso hago: dejar esa rendija para que la locura se asome subrepticiamente, de cuando en cuando, sin pretensiones de protagonismos no buscados, a los bordes de la razón, de modo que venga a ser como esa voz interior que le dice, como el esclavo al emperador: “recuerda que eres un hombre” y como hombre no puedes conocer la razón y naturaleza de todo, porque tú mismo eres una consecuencia de la pizca de locura que algún dios se permitió, tal vez porque intuyó que al final, cuando ya no quedara nada que saber, que conocer, que discernir o que crear, se habría terminado su razón de ser.

Es por ello que, de tanto en tanto, me acerco a las nubes y juego con ellas, hago castillos con sus gotas, enlazo mis cuentos en un fugaz relámpago y escribo en el viento los cuentos que nunca contaré, cuentos de locos y locas.  Y no los voy a contar porque mi sentido común me lo impide, me llamarían demente, y yo de mente creo andar bien, son los otros los que, ahítos de razones y cargando con  las pesadas leyes de la lógica, incapaces de mantener a raya la tiranía del qué dirán, inscribirán mi nombre en la lista de los idos, siendo así que nunca me fui ni voy a ninguna parte, tan solo paso la noche, cuando se instala el silencio y la luna no hace sombras, atisbando la rendija por donde asoma esa pizca de locura que me mantiene tan cuerdo.

Francisco Murcia.



jueves, 26 de septiembre de 2019

Una muerte que aún respira

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Sonetos para un adiós.

Una muerte que aún respira.
Soneto libre XXXI
09 – 01 - 2019

Pienso en lo grave que puede llegar a ser
la herida de una fugacidad apenas advertida,
que pasa rauda como la brisa
y escribe con la mirada paisajes de ensueño,
donde crecen promesas inventadas,
como pétalos de capullos no nacidos
que vuelan y vuelan en torbellinos,
desafiando la hierática quietud de la soledad,
construida con los fríos y sólidos cimientos de un ser
que se evapora consumido en tórridos deseos,
anhelos que se hunden en los abismos inmensos
del silencio de una muerte que aún respira
porque no ha encontrado el nicho donde derramar su cuerpo,
profunda y fugaz herida que me lleva con los muertos.

Francisco Murcia

lunes, 16 de septiembre de 2019

A la sombra de aquel árbol

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A la sombra de aquel árbol.
4 – 09 - 2019

Existió ese día,
ese momento,
esa sombra bajo el árbol,
ese banco y aquel parque,
pequeño y recogidito,
un ensanche de la calle
donde nos dimos un primer beso fugaz,
un adelanto furtivo del beso bajo aquel árbol.

Aquel si fue de verdad,
apasionado y sincero.
Estoy viendo ese lugar cada noche,
y me pregunto si aquello fue una ilusión
o si fue cierto que sentados en el banco
nos besamos bajo el árbol.

Ha pasado mucho tiempo
y no sé si lo pienso o lo sueño,
pero aún me veo en tus ojos
y me pierdo en tus aromas.
Ha pasado mucho tiempo,
pero creo que fue cierto.

Ya se desprenden los días
y hasta se caen los años,
las hojas del calendario se las va llevando el viento
y en ellas van escondidas mil historias,
las fatigas y agonías y la esperanza de un beso
que al final,
el viento se lo llevó
dibujado en una hoja que se posó entre los labios
bajo la sombra del árbol.


Francisco Murcia.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

La magia de la lluvia

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La magia de la lluvia
27 – 12 – 2018

Dice García Lorca
que la lluvia tiene algo de ternura,
un amago de extraña resignación,
una sombra de melancólica dulzura.

Su música suave de rumor,
su tintineo rozando los cristales,
el arrullo de sus gotas cuando acarician el suelo,
todo en ella es paz,
todo en ella es vida,
y la tierra,
agradecida, nos regala sus aromas,
los árboles el reflejo de sus hojas
y el polvo de los caminos
se apea de los vientos del azar y se posa, manso
para escribir en el suelo  las huellas del peregrino.

Sí, la lluvia tiene algo de ternura,
dulce semen que fecunda los paisajes,
savia que el cielo nos manda,
humedades del edén donde se siembra la vida.

Tiene la lluvia algo que yo no sé descifrar,
un arrullo de cortejo de palomas,
el amago de los ecos apagados de esas notas
suspendidas en la brisa
y ese tamborileo con que llama a mi ventana.

A su rumor se calman mis ansias,
y me  inunda una plácida quietud,
acaso un inocente nirvana precursor
de éxtasis deliciosos que imagino
caminando por los cielos de la amada.

Un gris suave de tierna melancolía viste mis alma
y siento la llamada de la tierra,
quiero confundirme con las flores que danzan
al mágico compás del sirimiri
que acaricia suave los pétalos abiertos,
prestando al mundo su belleza y a la brisa
la dulzura de su aroma.

Encierra la lluvia en sus gotas
los secretos de penumbras amorosas,
los secretos de la vida de las flores,
los secretos de los ríos,
los secretos de los mares,
y se calla los secretos de las nubes
que murmuran, mientras pasan,
melancólicas historias de magos duendes y brujas.

Sí, tiene algo de mágico la lluvia
que yo no sé descifrar.


Francisco Murcia 

viernes, 6 de septiembre de 2019

El último beso

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Sonetos para un adiós.
El último beso.
Soneto libre XXX              2 – 01 - 2019

Sonaban tan dulces tus palabras,
que quise ver en ellas todos esos corazones rotos
que se habían quedado en el camino,
escribiendo con su sangre mil historias de abandonos
y con sus lágrimas, extendiendo un manto de rocío
sobre un desierto de rigores asesinos de inocencias,
mil historias de cenizas renacidas, como ave fénix,
de esperanzas escritas nuevamente sobre el polvo
en páginas donde el tiempo se detiene
y los acentos señalan los caminos del olvido.
Sonaban tan dulces tus palabras que me olvidé de los vientos,
Y los vientos las llevaron envueltas en un adiós
que tus labios escribieron en los míos
en ese último beso que se perdió en el silencio.


Francisco Murcia.

martes, 3 de septiembre de 2019

Cuando tú abriste tus alas


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Sonetos para un adiós.

Cuando tú abriste tus alas.
Soneto libre XXIX
30 – 12 - 2018

Siempre creí que las mariposas eran livianas,
casi casi, vaporosas, etéreas,
que su vuelo era errático, inseguro, sin rumbo cierto,
arriba y abajo, a trompicones,
como buscando una flor donde posarse,
náufragos en la brisa buscando pétalos perdidos
que compartan los azares de una ruta sin destino.
Siempre creí que los de otoño eran brillos
inciertos, tornasolados y falsos,
patéticas remembranzas de primaveras pasadas,
hasta que llegaste tú con tus alas desplegadas.
Embelesado, los ocres de mis otoños brillaron
y alumbraron el triste esbozo de un sueño que estalló
como pompa de jabón al primer rayo de sol.


Francisco Murcia. 

Oh, las palabras

  Oh, las palabras 20 – 10 – 2023   Las palabras bullen dentro de mi como fieras enjauladas, van y vienen, se vuelven y revuelve...