jueves, 29 de octubre de 2020

Cuéntame un cuento.

                          


         

                Un cuento para niños. 

                 CUÉNTAME UN CUENTO 

-Cuéntame un cuento, abuela-. Siona miró a su nieta esbozando un gesto de infinita ternura. La habitación en penumbras nadaba en un aroma de pinos jóvenes. Acababa de llover y las primeras luces de la noche se apagaban al mismo tiempo que una brisa helada inundaba el paisaje. La luz de una vela que ardía sobre la repisa de la pared al lado de la cama, animaba las sombras que parecían bailar al tremolar de la llama.  

-Érase una vez, -comenzó Siona mientras abría la primera página de un libro de cubiertas duras y polvorientas, -en un país muy muy lejano donde todavía había castillos, príncipes y princesas, un niño que no hablaba, por eso lo llamaban Pocopico, Vivía en un bosque encantando donde todos, todos, hablaban; hablaban las piedras, y los árboles, las flores y los grillos, todos, menos los humanos, los humanos no sabían hablar, se habían olvidado porque hacía mucho tiempo habían inventado una cosa para entenderse sin hablar. 

-Claro, por eso Pococo…, bueno, el niño ese que has dicho, no hablaba, ¿no abuela?

-Por eso y porque al haberse olvidado de hablar, los humanos, que habían perdido su invento, se gritaban, se enfadaban y no se entendían unos a otros. Así que Pocopico aprendió el idioma de los grillos, del viento, de las piedras  y el que más le gustaba, el de un gorrión que tenía envidia de los canarios porque hablaban mucho, mucho, mucho y muy bonito. Y sucedió que el rey de aquel país ordenó que se abrieran todos los libros del reino para que los humanos volvieran a aprender las palabras.

-Entonces, abuela, Pococo..., bueno el niño del cuento, podía aprender las palabras en los libros.

-Él si las aprendió, porque los pájaros y las piedras, las rosas y los grillos, le dijeron su significado. Pero los mayores sólo entendían una frase: “esto es mío”, y se la repetían unos a otros, así que siempre se estaban peleando. Pocopico llamó a los niños, los invitó a su bosque encantado, y allí aprendieron otras palabras como nuestro, vuestro y de ellos y aprendieron también el idioma de los árboles, de las mariposas y el ronco y profundo latir de las rocas. Y el reino se salvó gracias al idioma de los niños.

-Abuela, los grillos no hablan, ni las mariposas ni las rocas. Este cuento es muy antiguo.

-Yaisa, mi niña bonita, si escuchas con atención, oirás la música de los seres y las cosas que te canta y que te dice: “duerme ya, niña bonita, y escucharás la canción”

Francisco Murcia.              15 – 02 - 2020

 


 


 



 

sábado, 26 de septiembre de 2020

Estoy cansado

















Estoy cansado.

25 – 09 - 2020

 

Estoy cansado, cansado, muy cansado.

Las nostalgias, como cuervos agoreros

sobrevuelan mis ocasos

y saludan cada día amaneceres vacíos.

El mundo, más allá de mi ventana,

me es ajeno;

no lo entiendo ni me siento parte de él,

no lo comprendo y estimo estéril el esfuerzo

por intentar abrir la ventana.

 

Las golondrinas no se posan en mi balcón.

Dónde estarán me pregunto,

mientras el sol, por alguna razón,

se me antoja distinto,

otro sol que no conozco.

No es aquel cuyos rayos

dibujaban entre penumbras de alcoba

el perfil de tu figura,

no es aquel cuyo fulgor

comparé con el brillo de tus ojos,

no es aquel que reverbera en el río

intentado conocer nuestros secretos

a la sombra de los chopos.

 

Estoy cansado,

y sin embargo, ya ves,

aun brillan en mis nostalgias reflejos de tus cabellos,

aún peino entre mis dedos aquellos bucles

escondidos en el húmedo rincón

donde guardas tus secretos.

Y en el hueco de la almohada que tu dejaste desierto,

escribo un sentido te quiero que se quedó

ahí flotando, entre tu oído y mis labios

cuando aún había tiempo.

 

Estoy cansado y, sin embargo,

la fuerza de aquel te quiero que se quedó suspendido,

me anima a abrir la ventana,

contemplar las golondrinas, aunque no sean aquellas

que nos vieron sonreír entre sábanas revueltas,

y espantar de mis nostalgias esos cuervos agoreros,

atrapar un rayo de sol,

y colgar en su fulgor los momentos que viví,

que los lleve hasta mi ocaso y allí,

vencido ya, porque ya estoy muy cansado,

abrazar mis añoranzas

porque yo sé que entre ellas,

tu corazón ha latido

al mismo ritmo del mío.

 

                Francisco Murcia.  

lunes, 7 de septiembre de 2020

Una falsa calma

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Una falsa calma.

7 – 09 - 2020

 

Una falsa calma me embarga, esa calma que está a la expectativa de algo, pero no sabe de qué, tampoco sabe por qué. Escucho el siseo persistente del ventilador que, en vano, lucha contra los ardores de un viento suave y caluroso que entra por la ventana. Alguien en la TV anuncia no sé qué de desastres naturales, hay una sonrisa en pantalla de un rostro bonito, y pienso que hasta la muerte debe ser presentada con cierta armonía, con un deje de belleza como antesala de las imágenes que intentarán remover las vapuleadas conciencias de los inocentes que, machacados una y otra vez por solicitudes de colaboración, terminan por sentirse culpables de desastres en los que nada tienen que ver. Es curioso como la culpa se derrama vertiente abajo por las laderas de la pirámide social, mientras el vértice permanece impoluto y brillante, muy alto, muy alto, tanto, que ya no percibe los cimientos en los que se asienta.

 

Pero yo sigo en calma, rememorando aquellos versos del insigne, y en su juventud malogrado, poeta Espronceda: “Allá muevan feroz guerra /cien reyes por un palmo más de tierra / que yo tengo aquí por mío / cuanto abarca el mar bravío / a quien nadie impuso leyes”. Así me siento, como una hoja otoñal que pasea sus ocres de moribunda disfrutando de la inmensidad de la nada, de saber que, aunque ya no haya puertos, no importa; la plena felicidad es contemplar el cielo como la puerta del infinito, como la entrada a esa eternidad que anhelamos y en la que, en secreto, creemos por encima de las evidencias físicas. Al fin y al cabo, nos decimos, ¿acaso la humanidad no se ha pasado el tiempo cosiendo y descosiendo verdades absolutas? Ante este pensamiento, sonrío en la soledad de mi retiro mientras el siseo del ventilador sigue hablándome de serenidad.

 

Percibo los ecos apagados de risas y voces, amortiguados por el doble cristal de mi ventana, y pienso que la eternidad es una sucesión infinita de momentos que pueden surgir hasta del fondo de un vaso de cerveza o en los posos de un café que auguran el mensaje de un adiós. Ya no es tiempo de remar con brío, ya no hay puerto al que arribar, tan sólo hay cielo y ese balanceo suave de las olas que me acuna; ya no hay noche, ya no hay luna, tan sólo hay el arrullo de una voz que me llama en el silencio.

 

Francisco Murcia. 

sábado, 29 de agosto de 2020

Filosófica tristeza

 

La soledad de nuestros mayores y sus dos caras - Blog SeniorDomo


Filosófica tristeza

26 – 08 - 2020

 

Un río de melancolía transita los páramos de mi soledad.

Pero… ¿de verdad estoy triste?

Yo me siento feliz cabalgando

los arcanos ignotos de mundos imaginados.

¿Dónde están, pues, las fuentes

de ese río que en sus orillas niega las flores

y las playas de arenas blancas?

Tan sólo el zumbido monótono del ventilador

me informa de una vida que existe fuera de mí,

pero no me interesa.

 

Degusta mi piel el viento suave de esas aspas 

que giran y giran

sin otro fin que enviarme un poco de brisa

en una habitación cerrada.

 

Y no os lo podréis creer,

pero me siento feliz.

Algo melancólico, cierto, pero…

¿no es la melancolía la ambrosía

que alimenta las almas de los poetas?

¿no es la pose de filosófica tristeza

la más adecuada,

la que más conviene

a quien se interna en las intrincadas sendas

por donde han ido esos pocos sabios

que en el mundo han sido?

Eso dijo Fray Luis de León degustando su propia soledad.

 

Pero a veces creo que mi soledad es una farsa,

un rincón que yo me invento

en el escenario del gran teatro del mundo.

Me retiro a ese rincón e,

inmediatamente,

siento la mirada de unos ojos que un día

me prestaron un segundo de su tiempo,

respiro un aroma que aún permanece en mi recuerdo,

acaricio tiernamente un pañuelo que husmeo

como un perrito sin dueño.

 

Y allí,

en ese rincón escondido,

revivo aquella sonrisa que dibujé con mis dedos,

mientras tus labios temblaban y los míos

murmuraban un silencioso te quiero.  

 

Por eso digo que mi soledad es una farsa,

una pose simulada de simulada tristeza,

¿y la melancolía?

tal vez sea culpa del ventilador,

de su propia monotonía.

 

Oigo voces en la calle y el ruido de algún motor,

debe ser que ahí fuera, tras la ventana,

existe otro mundo,

pero yo sigo en mi rincón,

dibujando en el vacío un recuerdo

que me llevaré a la tumba

para que duerma conmigo el sueño eterno.

Ni siquiera el más allá te barrará de mi tiempo.  

 

Francisco Murcia.

 

 

martes, 25 de agosto de 2020

He de termimnar

Pin de Ang en inalcanzable.pero.constante | Poses de fotos de ...

Sonetos para un adiós.

He de terminar.

Soneto libre  L  -y último-     1 – 11 - 2019

 

¿Cuántas veces he destilado la copa amarga del adiós? No lo sé,

y no lo sé porque esos cincuenta haces de palabras

que son los poemas en los que he dejado la huella de mi dolor,

donde he evitado tu nombre para hacerlo solo mío,

para que nadie me robe ni una brizna, ni un átomo, de ti,

no han sido suficientes para cantar lo que siento,

no han sido suficientes para expresar el vacío

y la angustia que me deja tu inevitable silencio.

Pero he de terminar, soy consciente de que he de acabar

para que tu recuerdo no termine cegando la luz de mis ojos,

apagando el dulce sabor que tus besos me dejaron.

He de terminar porque quise decir adiós en un poema,

porque quise escuchar ese adiós que nunca oí,

porque, tal vez, aunque yo lo presentí, tú nunca dijiste adiós.

 

                Francisco Murcia. 

sábado, 22 de agosto de 2020

A la sombra de los chopos

A la sombra de los chopos, puedes pasear por la linde del río ...

Sonetos para un adiós.

A la sombra de los chopos

Soneto libre LXIX     31 – 07 - 2019

¿Recuerdas? A la sombra de los chopos,

el silencio en las horas de la siesta,

aquel tórrido mes de agosto,

esa senda que nos lleva hasta el río.

Disfrutando de la sombra nos sentamos,

nos miramos cogidos de la mano,

y entre rumores suaves del Duero,

con un beso sellamos nuestro amor.

Y sumergido en la miel de tus labios,

para siempre pensé que te tenía,

y tal vez también lo pensaste tú.

Pero ¡Ay!, así no lo quiso el destino,

y la miel de tus labios se quedó,

a la sombra en la rivera del río.

 

                Francisco Murcia. 

jueves, 13 de agosto de 2020

¿Estás viva?

 GhostArk, el detector de fantasmas de bolsillo se acerca | Life ...

¿Estás viva?

15 – 08 - 2020

 

Estás viva

y es curioso que te vean mis ojos muertos .

¿Serás acaso un fantasma y tú también estás muerta?

Sí, puede que sea eso,

porque no veo brillo en tus ojos,

no veo en tu mirada los horizontes que busco

ni percibo entre tus labios el perfil de una sonrisa.

 

Hubo tiempos en que manaron abundantes las fuentes del deseo

entre las oscuras frondas de escondidas alamedas;

hubo tiempos que hilvanaron sortilegios de promesas y de anhelos,

hubo tiempos…

Pero… qué estoy diciendo si no son más que remiendos,

retales de unos recuerdos que naufragan

en ese abismo sin fondo donde moran los olvidos.

 

Acaso estoy vivo y te miro y tú, que de viva te olvidaste

tampoco de muerta me miras.

Qué importa ya si estás viva o estás muerta;

qué importa que mi fantasma

te persiga entre las sombras y el tuyo,

se filtre entre las penumbras de mi solitaria alcoba.

Qué importa que estemos muertos

o que aún sigamos vivos, si al final,

nuestras huellas se quedaron en horizontes perdidos,

las tuyas en la alborada,

las mías en el ocaso;

tú haciéndole sombra al sol,

yo hablándole la luna.

 

Un día oí hablar del amor, y me pregunté qué era eso,

mientras vi una risa extraña como envolviendo un secreto.

Un día vi que unos vientos jugaban con una falda,

con una melena rubia y una pañoleta blanca.

Y en un papel que dicen de estraza, con lápiz de carpintero,

dibujé unas piernas blancas

y me olvidé de la cara.

 

Entonces me pregunté si era amor la línea que dibujaba.

Y me he pasado una vida empeñado

en descubrir los secretos que aquel día dibujé

en un simple papel de estraza.

 

 

Francisco Murcia.

Oh, las palabras

  Oh, las palabras 20 – 10 – 2023   Las palabras bullen dentro de mi como fieras enjauladas, van y vienen, se vuelven y revuelve...