miércoles, 31 de octubre de 2018

Muerte y vida se fueron en silencio

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Muerte y vida se fueron en silencio.
30 – 10 - 2018

Inspirado en el poema  “LA MUERTE PREFERIBLE”, de Eduardo Hunter, publicado en facebook con fecha 30 – 10 - 2018


¿Estás seguro que haya alguien
que se pregunte qué ha pasado
más allá de los silencios de la vida
cuando la muerte es un grito?

Quizás sea el último grito,
quizás el último aliento de un deseo:
el comenzar otra vida donde mueran los silencios.

No hubo pócima que matara la esperanza,
no hubo embriaguez de los sentidos.

Tal vez fue todo distinto,
tal vez esos sentidos,
afilados en el buril de los silencios,
se aguzaron
hasta extremos que trocearon el alma,
robaron los sentimientos
y redujeron la vida a un eterno silencio.

Los sueños escaparon por la herida
y la razón se perdió en ese vacío
donde se hundieron los ecos de ilusiones
que no llegaron a nacer.

Y la muerte,
esa amiga inseparable vestida con nuestra sombra,
avanzó,
se puso delante,
y nos invitó en silencio
a traspasar esa puerta de la que no vuelve nadie.

Y así,
muerte y vida se fueron en silencio,
tal como habían venido.


Francisco Murcia.

domingo, 28 de octubre de 2018

La soledad

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La soledad
27 – 10 - 2018

Que extraño es esto de la soledad,
debo poner la tele para que no pese demasiado.
Si supieran los de la pantalla que no los escucho,
se enfadarían,
se sentirían ninguneados,
para qué hablar tanto, pensarían,
si no nos escucha.

Lo cierto es
que la soledad no es un mar tranquilo,
no es un espejo
donde riela la luna y navega un romántico pirata;
más bien es un río,
un torrente de palabras que se quedan en el aire,
sin terminar de caer,
ahí paradas, indecisas,
preguntándose unas a otras
como vestir las ideas que llueven como neblina,
sirimiri gris donde se pierden los pensamientos,
mariposas heridas que no remontan el vuelo.

No es la soledad el paraíso,
ese lugar escondido donde,
heridos de indiferencia, nos refugiamos,
o tal vez nos escondemos,
huyendo de una verdad que nos persigue con saña.

Y sin embargo
recorremos con delicia sus intrincados vacíos,
escarbamos sus recovecos desenterrando los duendes,
imaginados fantasmas donde podemos vengarnos.
Porque no debemos olvidarlo, al final,
la soledad es ese espacio vacío
donde rugen las tormentas,
la fuente de los anhelos que cabalgan  entre sueños,
es el quiero y el no puedo,
es el fuego que nos abrasa por dentro.

Dice Becquer en un velatorio incierto:
¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!
Y yo aquí, en mi escritorio,
mientras escucho la tele,
me pregunto si la muerte sigilosa me está llamando
en medio de mis silencios,
o es la palabra incierta que se ha quedado en el aire
para no ser pronunciada 
y espera la luz de planta y ser escrita en la luna,
 mi amiga y mi confidente
y la notaria que escribe los nombres de mis fantasmas.
No es la soledad ese mar de la canción del pirata,
y en él no riela la luna, 
es una mar arbolada de tormentas y de furias
que a través de la palabra
quiere encontrar esa calma que le niega su verdad.

No busco en la soledad la calma de mis pesares,
y bendigo los torrentes de palabras que se quedan en el aire,
busco la soledad para gritar en silencio,
abrazar la libertad
y perderme entre mis sueños.


Francisco Murcia.

sábado, 27 de octubre de 2018

Mujer


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Mujer.
26 – 10 - 2018

Mujer,
no sé quien eres,
no sé qué destino te puso ante mi,
pero al cruzar me miraste,
y yo me miré en tus ojos,
y en tus ojos me encontré.

Porque yo andaba perdido,
pasos y pasos sin rumbo,
soledad en los caminos y a mi lado,
soledad,
tiempo y espacio vacíos
devorando la burbuja donde guardaba mis sueños.

No sé, mujer, quien eres,
pero me veo en tus ojos,
brillante castaño oscuro que fulmina mis tristezas,
bailan mis ilusiones al ritmo de tus caderas
y entonan cantos de gloria mis decaídos anhelos.
Subo al rayo que reflejan tus ojos castaño oscuro, 
y me remonto hasta el cielo,
mientras dibujo en tus alas el mapa de mis deseos.

Aunque no sepa quien eres,
mujer,
tú ya eres parte de mi,
son mis secretos los tuyos,
y son tus lágrimas las mías
que mojan las escrituras del tiempo
ya grabadas en mi piel,
Son mías tus ilusiones que se morían de sed,
y son míos tus secretos.

Por eso ya te conozco,
mujer,
porque he leído en tus ojos,
porque te has visto en los míos,
y en medio de los silencios hemos escrito un “tequiero”
sin habernos conocido.

Ahora sí te conozco
y sé que si te lo pido,
tu serías mi mujer.


Francisco Murcia.   

miércoles, 24 de octubre de 2018

En mis recuerdos.


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En mis recuerdos.
24 – 10 - 2018-10-24

Que poco tiempo ha transcurrido desde aquel momento en que los hados cruzaron nuestros caminos. Creo que ambos estábamos cansados, fatigados de pasos y pasos iguales, de andares sin sorpresas, de matorrales sin flores que adornaran las veredas, mil veces transitadas, donde nuestras vidas se consumían entre gestos de sonrisas obligadas y agonías ocultas en las profundidades del alma. Qué poco tiempo, y sin embargo, ya bullen las añoranzas, ya quedan para el recuerdo palabras y más palabras que compusieron los versos de dos corazones heridos por los silencios, De verdad que ya no son estos días como aquellos días primeros cuando, juntos, cruzamos la frontera de los sueños y, cogidos de la mano, inventamos lejanos horizontes, y dejamos que las nubes dibujaran los paisajes de cielos imaginados.

Qué poco tiempo ha pasado y ya solo son recuerdos. Esos versos, esas palabras susurradas, los gestos imaginados de besos flotando en el aire, las promesas que firmamos escritas en la mirada. ¿Dónde quedó todo eso? En ausencia de roció flota el polvo en el camino, y el polvo cubre las huellas, borra los horizontes y confunde nuestras nubes, las nubes de nuestros sueños, con simples nubes de polvo que borran toda promesa. Ciertamente son estos días distintos, son distintas las maneras y distintos son los gestos, menos claros, más lejanos, ya no se visten los versos como se vestían antes: de flores y de alboradas, de confidencias guardadas en noches de luna llena, de perlas donde se mira el primer rayo de sol que escribía “buenos días” en las últimas penumbras de la noche. ¿Dónde queda el despertar derramando la dulzura de tus labios en los ecos de un “te quiero”?  ¿Dónde quedaron los sueños? ¿Por qué sigo respirando la soledad de mis noches? ¿Por qué te mando un “teamo” que ya no tiene respuesta? ¿Por qué?

Pero sabes que me gusta imaginarte, que me gustan esos sueños donde, arrobado, aspiro por la mañana la brisa de tu bostezo, y escribo con la mirada perfiles para el recuerdo. Porque no es cierto este vacío, porque me siento lleno de ti, no importa que estés muy lejos, yo seguiré respirando la brisa de ese bostezo, acariciaré la almohada imaginándome olas en los bucles de tu pelo, y beberé esos besos que encerré en el cuenco de mis manos.

Ya sé por qué sigo respirando entre oscuras soledades, porque no me siento solo, porque el polvo del camino no ha borrado tu figura,  y aunque te encuentres muy lejos, siempre estás en mis recuerdos.


Francisco Murcia.

martes, 23 de octubre de 2018

Yo creía que...

Escrito hace dos años y medio. Entonces los pensamientos se despeñaban por los abismos de la duda. Y sin embargo, nuevos albores trajeron rocíos nuevos que plantaron nuevas flores. Y el jardín volvió a brillar.

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YO CREIA QUE…
25 – 05 - 2016

Y yo que creía que…
Pero en fin,
pensamientos que son como nubes
y se desvanecen con el viento,
ilusiones,
sueños de un hombre despierto que desvaría,
que ha perdido la razón,
que ya no gobierna el timón del navío de su vida.

Y yo que pensaba que…
En fin,
nubes vaporosas,
fantasmas huecos sin cuerpo,
alevines de desastres que se agrandan con el tiempo,
castillos hechos de naipes
que los derrumba la brisa por más que sea suave.

Y yo que me imaginaba….
En fin,
pura imaginación,
yo lo sé, pero…
¿acaso es pecado agarrarte a una ilusión,
a las velas de tu sueño,
para seguir respirando,
para esperar otro sol,
otro amanecer y otro ocaso,
para mirar a la luna
aunque yo me crea que…
 y que no sea un fracaso?


Francisco Murcia

domingo, 21 de octubre de 2018

Solo


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Solo
20 – 10 - 2018

Está solo, observa la cocina, el fregadero donde aún están aparcados los últimos platos con restos de fideos pegados, secos, ya no se acuerda cuánto tiempo lleva ahí, observando esos restos, mirando su sombra ya encorvada mientras suena en su mente una canción: “Échame a mi la culpa de los que pasa / cúbrete tú la espalda con mi dolor”. El murmullo de la TV, que nunca apaga simplemente para recordarse a sí mismo que aún sigue vivo, suena muy lejos, en algún lugar de la casa que ahora mismo se le antoja a kilómetros de distancia. Su sombra encorvada, quieta, le recuerda aquel poema de Gustavo Adolfo Becquer, el poeta del romanticismo cuyas rimas encendieron ilusiones en su juventud; ahora, frente a ese fregadero conteniendo los últimos restos de su indiferencia por la vida, solo recuerda aquello de: “¡Dios mío! qué solos se quedan los muertos”, y aquel otro verso: “la luz, que en un vaso ardía en el suelo / al muro arrojaba la sombra del lecho”

“Y allá en el otro mundo”. Todo está en silencio, salvo un murmullo lejano que ya no sabe de dónde viene, y sin embargo, dentro de él siguen aquellas notas que retumban como truenos que le estremecen el alma. En el fregadero, un brillo metálico, un fogonazo que golpea su mirada absorta, perdida en los recovecos de imaginados paisajes de hojas secas, de otoños devorados por un gélido y eterno invierno. “En el otro mundo”, y el fogonazo se hizo presente con maligna claridad. Sí, tal vez, pensó, y la idea quedó flotando en el aire, una nube que se evapora en medio de la niebla, un amago de realidad que se disuelve en las oscuras penumbras de una pesadilla. Pero ahí estaba él, respirando sin saber por qué, ni para qué ni para quién, y fuera de él, el brillo metálico esperándolo, como la última puerta a los abismos del olvido.

“Que en vez de infierno encuentres gloría” La gloria, ¿qué era eso de la gloria? De pequeño había escuchado algo que el párroco explicaba con un catecismo en la mano: un lugar de felicidad infinita, decía, un lugar donde nada te duele, no hay enfermedades y todo el mundo se quiere. Al pasar esta idea por su mente, un amago de sonrisa tensó ligeramente sus labios. Sí, sinceramente le deseaba la gloria, al fin y al cabo él tenía la culpa de todo. Perdió la gloria el mismo día, en el mismo momento en que los gestos hablaron y él no entendió el mensaje, no leyó los “tequiieros” escritos en los detalles. Los detalles, esos detalles ardieron en la pira de la ignorancia, y sus cenizas frías alimentaron el mar de la indiferencia. Una orquídea surgía entre la bruma de sus recuerdos, una flor hermosa, evocadora, uno de esos detalles con un mensaje que creyó grabado en el sagrario del alma. Y de pronto la orquídea se precipita por el abismo de extraños resentimientos. Gloria o infierno, ¿no hay puntos intermedios, estaciones donde descansar, reponer las exiguas existencias de serenidad y recomenzar la ruta? El destello metálico se ofrece como una maligna invitación.

“Y que una nube de tu memoria me borre a mi” Revolvió esta frase en sus entrañas, vio la nube tragándolo, disolviéndolo entre sus átomos que se perdían en un vacío infinito. Y esa nube en perfiles difusos dibujaba su figura, la figura de ella, la misma en la que se sumergió tantas y tantas veces, la misma de donde bebió el néctar de la vida, la misma que alumbró las penumbras de tantas y tantas noches entre arrullos de cortejos y susurros de “tequieros”. Y hora la nube se alejaba dejando atrás el rocío donde escribió su nombre, borrando el torrente de segundos con los que había construido la ilusión de un infinito que terminó antes de tiempo. Antes de tiempo, pensó, y el reflejo metálico que yacía al fondo del fregadero, como esperándolo, se le antojó como la única puerta por la que huir de su agonía. Qué lejos quedaba aquella orquídea con su tarjeta y su firma, qué lejos aquella sonrisa y aquel gesto de sus labios dejando un beso en el aire.

“Sabes a ciencia cierta que me fallaste”. No, no es cierto, pensó, mientras su mano, en  un movimiento del que no era consciente, acarició con suavidad aquella hoja metálica. No, no es  cierto, debía ser sincero consigo mismo, ella no le falló, solo quiso seguir siendo ella y se negó al corsé del ideal que él llevaba en sus sueños. ¿Cómo era el ideal con el que ella soñaba cuando le daba la espalda? Se preguntó muchas veces cómo era él en realidad en la mente de ella, cómo lo veía, lo pensaba y lo sentía. Se conformaba con cualquier detalle, cualquier gesto que asumía como un signo de que las cosas iban bien, que estaba en el corazón de ella aunque fuera como uno de esos muebles, ya ajados, que estamos acostumbrados a verlos en el mismo lugar siempre, como una pieza de un paisaje que ya no aspiramos a cambiar y que, por tanto, asumimos como una condición natural de nuestro entorno. Debía asumir que no fue ella la que le falló, sino él mismo, el que, autoinvestido de un paternalismo asfixiante, paulatinamente fue yugulando cualquier síntoma de emancipación más allá de los estrechos límites del hogar.

Terminó de enjabonar perola, platos y cubiertos, y aquel brillo metálico desapareció bajo la espuma. Aire, solo aire encerrado en evanescentes burbujas. Ellos dos, en su burbuja, sin atreverse a romperla. Poco a poco se hizo irrespirable. Se ahogaban sin que ninguno de ellos se atreviera a dar el primer paso. Ambos pertenecían a la generación esa que creció bajo la consigna de: “hasta que la muerte los separe”, y parecía que la muerte sería lo único que podría terminar con la agonía de unos ojos que ya no se miraban, de un silencio donde agonizaban sentimientos y deseos,

“Que lo que prometiste se te olvidó”. Las promesas, aquellas semillas sembradas bajo los pinos al calor de una intimidad entregada, iban decayendo bajo el tórrido estío de las inercias, fuentes de donde emana la mortal indiferencia. Ella no olvidó sus promesas, tal vez las dio por cumplidas y entendió que ya no había más que hacer. Él, herido por la abulia de una vida sin sorpresas ni objetivos, se dejaba ir, como los restos de un naufragio flotando sobre las olas. Dentro de la burbuja el aire se hizo irrespirable. Por fin, ella rompió la burbuja. El brillo metálico volvió a aparecer con maligna insistencia al fondo del fregadero. Aquellas promesas en las que cabalgaron felizmente durante muchos años se habían convertido en un peso imposible de soportar. Sin embargo, al mirar adelante intentando buscar un horizonte más allá de la burbuja, solo se veía un abismo, una sima oscura, el final.  

Un timbrazo prolongado y el reflejo metálico desapareció entre las burbujas del fregadero. Se secó las manos y fue a abrir. Soy yo, escuchó por el interfono. Íntimamente se alegró. Era su voz. Esbozó una sonrisa mientras pulsaba el botón que habría la entrada del portal. Pensó que, por fin, la veía en su realidad, tal como era, con sus capacidades a tope, sus ilusiones y su infatigable lucha buscándose a sí misma. Sintió un enorme aprecio por ella, un poco oscurecido por una tenue sombra de culpabilidad. Mentalmente le dio las gracias por haberle salvado la vida dos veces: con el primer sí y con el último no.

-¿Qué tal estás?
–Bien, ¿Y tú?
–Me alegro. Bien, me encuentro bien.

Al fin y al cabo, las promesas, aunque lejas, aún seguían viéndose en la distancia. Aclaró los platos, y se dispuso a ver el partidazo por la tele. Pensó en el reflejo metálico, bebió un sorbo largo de vino, y rió con ganas para sí mismo mientras, en su mente, seguía el brillo de aquellos ojos que un día fueron suyos.


Francisco Murcia.  

sábado, 20 de octubre de 2018

Si yo pudiera

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Si yo pudiera
19 – 10 - 2018

Si yo pudiera,
colocaría una sonrisa eterna en tu rostro,
en cada gota de rocío
dibujaría tus ojos,
y en el cuenco de mis manos
llevaría tus aromas.

Si yo pudiera,
oh si yo pudiera,
te pondría una corona de luceros,
y le diría a la luna que escriba nuestros secretos
y se los cuente a la noche,
que escuche bien los susurros en medio de los silencios.

Si yo pudiera,
envolvería tu cuerpo en la caricia de un beso,
te llevaría conmigo a los confines del tiempo y allí,
preguntaría a ese Dios
por qué me hizo sin ti,
por qué te creó tan lejos,
por qué escribió en mis cimientos tu nombre,
por qué dibujó tus ojos en mis tardíos reflejos,

Preguntaría a ese Dios
en qué tiempo te creo,
por qué no lo hizo antes,
por qué dejó impresa en mis sueños
la ilusión de ver un ángel sin poder creer en él,
si no podía encontrarte.

Oh, si yo pudiera,
le diría a mi reloj que caminara hacia atrás,
y a mis pasos que volvieran por senderos recorridos,
y pediría a los vientos que llevaran mi mensaje allí,
al pie de tu nacimiento,
para dejar en tu piel la dulce brisa de un beso.

Oh si yo pudiera decirte las cosas que llevo dentro.



Francisco Murcia.

Oh, las palabras

  Oh, las palabras 20 – 10 – 2023   Las palabras bullen dentro de mi como fieras enjauladas, van y vienen, se vuelven y revuelve...